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martes, 26 de junio de 2018

13, Rue del Percebe

13, Rue del Percebe


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Gran parte del éxito de la serie se debe a la acusada personalidad de los inquilinos del edificio, que repasaremos a continuación:
Comenzando por el ático, encontramos a un moroso profesional llamado Manolo, especialista en vivir del cuento y en evitar el pago a sus múltiples acreedores. Siempre se ha visto en este personaje una parodia de Manuel Vázquez, que acostumbraba a caricaturizarse a sí mismo con una personalidad similar. Ibáñez imaginó un artista bohemio: en la buhardilla de Manolo suelen verse varios lienzos apilados, y en su primera aparición le encontramos duchándose con el agua que cae por el canalón del edificio, sin que parezca aún definido su carácter de moroso. Comparte su cubículo con un gato que a menudo actúa como cómplice de su amo, llegando a reproducir en muchas ocasiones sus gestos y actitudes.


En la azotea del edificio y utilizando la chimenea como hábitat natural se encuentran un gato y un ratón, generalmente al lado de los acreedores que esperan en la puerta de Manolo. La pareja de gato y ratón tiene muchos precedentes en el cómic y los dibujos animados (Mickey MouseTom y JerrySuperratónSpeedy Gonzales), y en todos los casos es el ratón quien lleva las de ganar. La novedad que aporta Ibáñez es el sadismo del ratón, que es capaz de infligir todo tipo de torturas a su compañero, tal como años después sucede con la pareja Rasca y Pica de la serie Los Simpson.
Bajamos un piso y encontramos, en primer lugar, a un ladrón que vive con su mujer y que acostumbra a traer a su domicilio los frutos de sus actividades delictivas. Ya desde la primera página aparece con el nombre de Ceferino, al que posteriormente se añadirá el apellido Raffles, tomado del ladrón de guante blanco que creó en 1899 Ernest William Hornung, cuñado de Arthur Conan Doyle.
El piso de su derecha es uno de los más poblados, al menos inicialmente. En él vive una familia compuesta por un matrimonio y sus seis hijos: la mayor es una chica en edad de merecer, cuyos novios suelen huir espantados ante las travesuras de sus cinco hermanos pequeños. El menor de ellos es sólo un bebé, pero por su expresión adivinamos que participa con sus hermanos de las mismas fechorías. Con el tiempo, Ibáñez decidió ir reduciendo el número de personajes de este piso. El primero que dejó de aparecer fue el padre, dejando sola a su mujer con la marabunta de sus hijos. Poco después empezó a ser habitual que no aparecieran todos los hermanos en cada página. La hija mayor desapareció de la casa definitivamente en octubre de 1961, suponemos que para casarse con alguno de sus novios antes de que sus hermanos pudiesen ahuyentarlo. En abril de 1962 veremos por última vez al bebé, y empezó a ser habitual que las travesuras estuviesen protagonizadas por tres hijos de edad similar. En la última etapa encontramos indistintamente dos o tres niños en el piso. En la plancha final de la serie Ibáñez desvela el nombre de su sufrida madre, doña Benita.
Bajamos un piso y encontramos en primer lugar a una viejecita que acostumbra a recoger y cuidar todo tipo de animales, muy a menudo con consecuencias desastrosas para ella, pues las desagradecidas criaturas no suelen tratarla con la misma consideración. Sus animales preferidos son inicialmente los gatos callejeros y algún loro, pero a partir del segundo año no es raro que extienda sus cuidados a otros animales, especialmente perros de diversas razas.

En el piso de su derecha habita en la primera etapa de la serie un científico loco, parodia de ciertos personajes clásicos de terror y ciencia-ficción que juegan a ser Dios, como el doctor Frankenstein de Mary Shelley o el doctor Moreau de H.G. Wells. Inicialmente se dedica a hacer todo tipo de experimentos macabros, siempre con una expresión sádica que con el tiempo se irá suavizando. Aproximadamente en octubre de 1961 comienza a especializarse en la fabricación de monstruos, cuyo aspecto suele parecerse a la imagen clásica de Boris Karloff en la película de 1931 Frankenstein. El monstruo pasa a ser un personaje cotidiano en la serie, y muchos gags se centrarán en la relación que establece con su creador. Lamentablemente, este original personaje desaparecerá del edificio en la primavera de 1964 por obra de la censura, que no veía con buenos ojos la presencia de un personaje creador de vida, cosa que como sabemos es una prerrogativa divina. Tras haber aparecido en 148 páginas, el personaje se despide anunciando su mudanza por problemas de espacio: proyecta fabricar un monstruo gigantesco. Nunca tuvimos noticias de su vida posterio

Durante 21 páginas, publicadas a lo largo de medio año, el piso quedará deshabitado, y la portera irá enseñándolo a sucesivos candidatos a alquilarlo. Las deficientes condiciones del piso serán el hilo conductor de los chistes de esta etapa. Finalmente, el piso será ocupado por un sastre chapucero que no suele dejar satisfechos a sus clientes, pero tiene la suficiente cara dura para no inmutarse ante las reacciones de éstos.

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En el piso inferior encontramos la consulta de un veterinario, lo que da a Ibáñez la oportunidad de desarrollar una extensa colección de chistes protagonizados por animales.
A su derecha encontramos la pensión de doña Leonor, que alquila todo el espacio de que dispone su piso y trata de ahorrar dinero a costa de sus pobres inquilinos, siempre varones de mediana edad. En las primeras páginas de la serie se les podía ver hacinados como sardinas en lata, pero más tarde Ibáñez tiende a dibujar menos personajes para no recargar la viñeta.
Llegamos ya a la planta baja, donde nos encontramos con la tienda de comestibles de don Senén, otro pícaro falto de escrúpulos que no esconde su tacañería ni tiene reparos en timar a sus clientes.
A su derecha está el habitáculo de la portera, que muy a menudo se limita a hacer de espectadora o a participar de otros chistes no protagonizados por ella. Al pie de la portería se abre el agujero de una alcantarilla que sirve de vivienda a otro de los protagonistas de la página, don Hurón, una de las muestras más claras del humor absurdo de Ibáñez. Según cuenta el propio don Hurón en la primera página de la serie, ha sido doña Leonor quien le ha alquilado su infravivienda. El nombre de este personaje no sólo corresponde a un mamífero de la familia de los mustélidos: en la literatura clásica española, don Hurón es un criado que contrata el Arcipreste de Hita hacia el final del Libro de buen amor.
No acaban aquí los protagonistas: podríamos considerar como un personaje más al ascensor del edificio, situado en el extremo derecho, junto a las escaleras. Las múltiples averías y deficiencias que presenta no desentonan con el resto del vecindario.


Además de estos personajes fijos, Ibáñez enriquece a menudo la página con otros detalles, entre los que destacan las arañas que cuelgan de alguna esquina de la escalera. Al principio sólo aparecen de forma esporádica, pero llegan a convertirse en personajes fijos, y durante mucho tiempo encontramos cada semana una araña caracterizada de un modo diferente y original.
El vecindario de 13 Rue del Percebe resulta, como hemos ido viendo, poco ejemplar. Queda lejos el afán moralizador de muchas historietas de la primera mitad del siglo XX. La renovación del humor iniciada por la revista Pulgarcito allá por 1947 alcanza en esta serie uno de sus puntos culminantes. El humor de Ibáñez es a menudo bastante negro, y disfruta llevando al extremo la caricatura de las miserias humanas, que nos resultan cómicas precisamente por su exageración hasta el absurdo. Los personajes dan continuas muestras de su picaresca y de su afán por sobrevivir a costa del prójimo, por el que no tienen ninguna consideración, cuando no son directamente mezquinos e incluso sádicos.
En las primeras entregas de la serie existía cierta continuidad de una semana a otra: vemos por ejemplo cómo crece un árbol junto al edificio, y durante varios meses asistimos al envejecimiento de una parejita que llega buscando piso sin desistir nunca en su empeño. En el verano de 1961 termina esta continuidad y desde entonces las páginas resultan intercambiables entre sí, lo que más adelante facilita la repetición de historietas antiguas sin necesidad de seguir ningún orden.
A menudo unos vecinos interactúan con otros, y hay páginas inolvidables en las que todo el vecindario afronta problemas comunes: un terremoto pone el edificio del revés, una inundación lo sumerge hasta la mitad, sufren un apagón o son invadidos por la niebla, entre otras incidencias. Son las mejores páginas de la serie, pues muestran una unidad dentro de la variedad de personajes y de situaciones, aunque también suponen un esfuerzo extra para su autor, que además de idear un chiste por cada piso tiene que relacionarlos todos entre sí.
 Todos los años, además, aparece una página especial de temática veraniega en el Tío Vivo Extra de Verano, y otra navideña en el Almanaque correspondiente. En 1966 se publicó un Extra de Primavera que también disfrutó de su particular entrega.

Francisco Ibáñez

(Barcelona, 1936) Dibujante y guionista de cómics español, «padre» de los célebres Mortadelo y Filemón. Francisco Ibáñez Talavera nació en Barcelona el 15 de marzo de 1936. El hecho de que ya desde muy pequeño tuviera una clara afición por los cómics quedó reflejado cuando a los siete años de edad publicó su primer dibujo en la revista Chicos, una publicación de historietas de aventuras destinada a lectores infantiles y juveniles, aunque fuera en la sección «Colaboraciones de nuestros lectores».
De amateur a profesional
Ibáñez, que siempre mostró interés y se declaró seguidor de autores como Escobar, Peñarroya o Franquin, empezó a trabajar como botones a muy temprana edad. Mientras dibujaba y empezaba a publicar sus primeras historietas como profesional en 1956 en revistas como La Rosa o Paseo Infantil, seguía trabajando en el Banco Español de Crédito, ya como oficinista.
A pesar de los consejos de su familia, que tenía muy claro que un trabajo en un banco en los años cincuenta era como ejercer de funcionario por la seguridad laboral y económica que representaba, Francisco Ibáñez decidió abandonar la oficina y ejercer a tiempo completo como guionista y dibujante de cómics.

Francisco Ibáñez
En 1957 empezó a colaborar en la ya popular Editorial Bruguera, empresa editora de «Zipi y Zape», «La familia Cebolleta», «Doña Urraca», «El reportero Tribulete» o «Don Pío», en la que hasta ese momento trabajaban historietistas como Escobar, Peñarroya, Conti, Cifré, Vázquez o Jorge, autores que consiguieron burlar la censura de la época con historias costumbristas y críticas, y que fueron el origen de lo que se ha dado en llamar Escuela Bruguera.
En realidad, tanto Ibáñez como otros autores que le acompañaron en la para ellos nueva singladura de Bruguera (Raf, Gin o Segura) se convirtieron muy pronto en imprescindibles, en parte por la decisión de algunos de los creadores ya citados de abandonar Editorial Bruguera para fundar su propia empresa y editar sus propios tebeos.
Mortadelo y Filemón
En la conocida como «época dorada» de la historieta en España, Ibáñez empezó dibujando chistes y algunas historietas sin personaje fijo, hasta que en 1958 se le ocurrió crear a una pareja de detectives privados muy particulares, a los que bautizó como Mortadelo y Filemón.
Publicada inicialmente en la revista Pulgarcito, «Mortadelo y Filemón» fue al principio una especie de parodia de Sherlock Holmes y el Dr. Watson, incluida parte de la indumentaria de los mismos, pero muy pronto abandonaron sombrero de fieltro y pipa y tomaron la forma y los ropajes por lo que son reconocidos hoy en día: camisa blanca y pantalones rojos para Filemón; levita negra hasta el cuello para Mortadelo.

El Súper, Filemón y Mortadelo
El esquema básico de la personalidad de los dos investigadores fue, en esencia, el mismo desde sus inicios: Filemón era, en teoría, el jefe y responsable del dúo, aunque le podía más su buena voluntad que su acierto y acabara siempre recibiendo los más sonoros tortazos por culpa de su compañero; Mortadelo era el personaje con una personalidad más marcada desde el principio; listo, hábil y rápido con los disfraces, era el elemento que provocaba los gags y que casi siempre acababa perseguido por su «amado jefe».
Personajes icono
La serie fue muy bien recibida por los lectores casi desde el principio, pero fue en 1969, con el nacimiento de la revista Gran Pulgarcito y la iniciativa de publicar por entregas historias largas (sus aventuras hasta entonces eran de una o dos páginas), cuando Mortadelo y Filemón empezaron a convertirse en el mito popular que son hoy en día.
Su primera historia larga, El sulfato atómico, muy bien planificada y dibujada, confirmó a Ibáñez como autor de éxito, al tiempo que inauguró la Colección Olé de Bruguera. A partir de ese momento, Mortadelo y Filemón se hicieron definitivamente con el favor de los lectores de todas las edades, y su serie recibió en 1969, 1974, 1975 y 1976 el Aro de Oro a los personajes infantiles más populares.
Una clara muestra del espectacular éxito de la serie fue el nacimiento en 1970 de la revista Mortadelo, a la que seguirían otras publicaciones como Mortadelo Especial, Mortadelo Gigante y Súper Mortadelo. En aquel momento, Ibáñez ya había dotado a la serie de sus constantes más conocidas: Mortadelo y Filemón trabajaban para la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea) a las órdenes del Súper, y tenían que soportar los estrafalarios inventos del Profesor Bacterio, responsable por otra parte de la calvicie de Mortadelo, víctima de uno de sus errores «tecnológicos». Ofelia, la secretaria del Súper, apareció algún tiempo después.
Pero la popularidad de Francisco Ibáñez no se cimentó exclusivamente en «Mortadelo y Filemón». Autor prolífico, Ibáñez creó varias series, entre las que destacan «La familia Trapisonda, un grupito que es la monda» (nacida en las páginas de El DDT en 1959); «13, rue del Percebe» (otra de sus series más conocidas, realizada con una gran riqueza de detalles y creada para Tío Vivo en 1961); «El botones Sacarino» (serie que fue adaptada para la televisión a fines de los años noventa y que nació, según Ibáñez, como fruto de su propia experiencia como botones, en las páginas de El DDT en 1963); «Rompetechos» (del que Ibáñez ha dicho repetidamente que es su personaje favorito y su álter ego, iniciada en Tío Vivo en 1964), y «Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio» (Tío Vivo, 1966), entre muchas otras.
El cierre de Bruguera
Ibáñez trabajó simultáneamente en varias series, con una dedicación especial hacia «Mortadelo y Filemón», hasta que en 1985, un año antes del cierre de Editorial Bruguera, y por desavenencias con la dirección de esta empresa decidió buscar otra editorial en la que publicar.
En aquel momento, y a la espera de lo que pudiera ocurrir con la propiedad de sus series, que contractualmente pertenecían a Bruguera, Ibáñez llegó a un acuerdo con Ediciones Grijalbo para crear «Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo», que, de alguna manera, mostraba una realidad social, y «7 Rebolling Street», un claro remedo de «13, rue del Percebe», que empezaron a publicarse en la revista Guai! y posteriormente en forma de álbumes.
Durante dos años, Ibáñez desarrolló estas series, hasta que en 1988 nació Ediciones B, que se hizo con todo el fondo editorial de Bruguera. Ediciones B e Ibáñez llegaron a un acuerdo y el creador de Mortadelo y Filemón regresó a los personajes que lo lanzaron a la fama, para quedarse ya definitivamente con ellos y concentrarse en la realización de nuevos álbumes. Los tiempos habían cambiado, e Ibáñez reflejaba los cambios sociales y políticos a su manera, en historias largas publicadas ya directamente como libros que parodiaban situaciones de candente actualidad.
Desde ese momento, Mortadelo y Filemón compartieron sus aventuras con personajes como Juanito Batalla (Juan Guerra), Rulfián (Luis Roldán) o con caricaturas de los políticos más importantes del momento, como Jordi Pujol, Narcís Serra, Felipe González o Pasqual Maragall. Igualmente, Ibáñez acudió a temas coyunturales, como parodias de películas, mundiales de fútbol, elecciones políticas, juegos olímpicos, el euro o sátiras de populares programas de televisión para ambientar las andanzas de los agentes de la T.I.A.
Ibáñez escribe y dibuja seis álbumes de «Mortadelo y Filemón» al año (ha publicado 150 títulos diferentes), y sus creaciones han sido adaptadas a otros medios, como los juegos para PC o los dibujos animados. El éxito del que han disfrutado en España Mortadelo y Filemón ha corrido parejo a su expansión internacional, ya que la serie se ha publicado en países como Alemania, Brasil, Portugal, Dinamarca, Italia, Grecia, Finlandia, Suecia o Francia. Y en 2003 llegó la película, una versión con actores de carne y hueso de sus personajes más conocidos.
Los agentes de la T.I.A. en imagen real
La gran aventura de Mortadelo y Filemón se estrenó en febrero de 2003 y en pocas semanas consiguió convertirse en una de las películas más taquilleras de la historia del cine español. Javier Fresser, su director, supo transmitir el espíritu de la serie en los cómics consiguiendo un verdadero «tebeo en imágenes» con la ayuda de su talento y de unos estupendos efectos especiales que reproducían perfectamente los tortazos, vuelos y carreras de los personajes de papel.
Parte del éxito de la película se debió, sin duda, a la estupenda caracterización que de Mortadelo y Filemón hicieron los actores Benito Pocino y Pepe Viyuela, respectivamente. La gran aventura de Mortadelo y Filemón incluyó, además, una aparición estelar de un convincente Rompetechos (interpretado por el actor Emilio Gavira) y un homenaje a la serie «13, rue del Percebe». El propio Ibáñez se mostró encantado con el resultado final de la película.
La ya larga trayectoria profesional de Francisco Ibáñez se ha visto reconocida en estos últimos años con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona, que le fue concedido en 1994 y, más recientemente, con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2002. En 2003 Ibáñez continuaba dedicado en cuerpo y alma a escribir y dibujar sus álbumes de Mortadelo y Filemón y demostrando que seguía siendo uno de los autores de cómics más populares de todos los tiempos, como lo certificaba el hecho de sus obras siguieran figurando entre las más vendidas en la Feria del Libro de Madrid.

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